viernes, 22 de febrero de 2013
Literatura Eterna 11
EL DESCENDIENTE
H. P'. LOVECRAFT
Al consignar sobre lo que el doctor me dice en mi lecho de muerte, mi más espantoso
temor es que el hombre esté equivocado. Supongo que me enterrarán la semana que viene; pero...
En Londres hay un hombre que grita cuando tañen las campanas de la iglesia.
Vive solo ton su gato listado en Gray’s Inn, y la gente le considera un loco inofensivo.
Su habitación está llena de libros insulsos y pueriles, y hora tras hora trata de abstraerse en sus débiles páginas. Todo lo que quiere en esta vida es no pensar. Por alguna razón, el pensar le resulta espantoso, y huye como de la peste de cuanto pueda excitar la imaginación. Es muy flaco, y gris, y está lleno de arrugas; pero hay quien afirma que no es tan viejo corno aparenta. El miedo ha clavado en él sus garras espantosas, y el menor ruido le hace sobresaltarse con los ojos muy abiertos y la frente perlada de sudor. Los amigos y compañeros le rehúyen porque no quiere contestar a sus preguntas. Los que le conocieron en otro tiempo como erudito y esteta dicen que da lástima verle ahora. Ha dejado de frecuentarles hace años, y nadie sabe con seguridad si ha abandonado el país, o meramente ha desaparecido en algún callejón oscuro. Hace ya una década que se instaló en Gray’s Inn, y no ha querido decir de dónde había venido, hasta la noche en que el joven Williams compró el Necronomicon.
Williams era un soñador, y sólo tenía veintitrés años; y cuando se mudó a la
casa antigua, percibió en el hombre arrugado y gris de la habitación vecina algo
extraño, un soplo de viento cósmico. Le obligó a admitir su amistad cuando los
viejos amigos no se atrevieron a imponerle la suya, y se maravilló ante el espanto
que dominaba a aquel hombre lúgubre y demacrado que observaba y
escuchaba. Porque nadie podía dudar que andaba siempre vigilando y escuchando.
Vigilaba y escuchaba con la mente más que con la vista y el oído, y pugnaba a cada instante por ahogar alguna cosa en su incesante lectura de alegres e insípidas novelas. Y cuando las campanas de la iglesia empezaban a tañer, se tapaba los oídos y gritaba, y el gato gris que vivía con él maullaba al unísono, hasta que se apagaba reverberando el último tañido.
Pero por mucho que Williams lo intentaba, no conseguía que su vecino le hablase de nada profundo u oculto. El anciano no vivía de acuerdo con su aspecto y su conducta, sino que fingía una sonrisa y un tono ligero, y parloteaba febril y frenético sobre alegres trivialidades; su voz se elevaba y se embrollaba a cada instante, hasta que acababa en un falsete aflautado e incoherente. Sus intrascendentes observaciones delataban con claridad que sus conocimientos eran profundos y serios; y a Williams no le sorprendió oírle contar que había estado en Harrow y en Oxford. Más tarde descubrió que era nada menos que lord Northam, de cuyo antiguo castillo hereditario en la costa de Yorkshire tantas historias extrañas se contaban; pero cuando Williams quiso hacerle hablar de su castillo y de su supuesto origen romano, él negó que hubiese nada fuera de lo normal en él. Incluso dejó escapar una destemplada risita cuando salió a relucir el tema de un supuesto segundo nivel de criptas excavadas en la roca viva del precipicio que mira ceñudo al Mar del Norte.
Así andaban las cosas, hasta la noche en que Williams regresó a casa con el
Necronomicon, del árabe loco Abdul Alhazred. Conocía la existencia de este
libro desde los dieciséis años, en que su incipiente pasión por lo insólito le impulsó
a hacerle extrañas preguntas a un viejo y encorvado librero de Chandos Street; y siempre se había preguntado por qué los hombres palidecían cada vez que hablaban de dicho libro. El viejo librero le había contado que sólo se sabía que hubieran sobrevivido cinco ejemplares a los consternados decretos de los sacerdotes y legisladores, y que todos ellos los guardaban bajo llave, con temeroso cuidado, los conservadores que se habían atrevido a iniciar la lectura de sus odiosos y negros caracteres. Pero ahora, al fin, no sólo había descubierto un ejemplar accesible, sino que lo había hecho suyo por un precio risible. Lo había encontrado en la tienda de un judío en el barrio mísero de Clare Market, donde solía comprar cosas extrañas; y casi le pareció que el viejo y nudoso levita sonreía por debajo de la maraña de su barba en el momento de su gran descubrimiento. La voluminosa cubierta de piel con cierre de latón era llamativamente visible, y su precio absurdamente bajo.
Una simple mirada a su título bastó para sumirle en el delirio, y algunos de los
diagramas insertos en el texto redactado en un latín vago despertaron los recuerdos
más tensos e inquietantes en su cerebro. Comprendió que era absolutamente
necesario llevarse a casa el pesado volumen y empezar a descifrarlo; y salió de la librería con tanta precipitación, que el viejo judío dejó escapar una turbadora risita al verle salir. Pero una vez en su habitación, descubrió que la letra ennegrecida y el estilo degradado eran excesivos para sus conocimientos lingüísticos, y fue a ver, no muy convencido, al extrañamente asustado amigo para pedirle ayuda en aquel latín deformado y medieval. Encontró a lord Northam diciéndole tonterías a su gato listado, y al entrar el joven se. sobresaltó.
Se estremeció violentamente al ver el libro, y se desmayé cuando Williams le
leyó el título. Al recobrar el conocimiento, le contó su historia; ‘le habló de su
fantástica locura con murmullos frenéticos, no fuese que su amigo tardara en
quemar el libro y esparcir sus cenizas.
Sin duda hubo algún error al principio, susurró lord Northam; pero nada habría
ocurrido si no hubiese ido él demasiado lejos en sus exploraciones. Era el décimo-
noveno barón de una estirpe cuyos principios se remontaban de forma
inquietante al pasado..., a un pasado increíblemente lejano, si había que hacer
caso a la vaga tradición, ya que Ciertas historias familiares situaban sus orígenes
en los tiempos presajones, en que cierto Luneus Gabinius Capito, tribuno
militar de la Tercera Legión Augusta, entonces acantonada en Lindus, la Britania
romana, había sido depuesto sumariamente de su mando por participar en
determinados ritos que no guardaban relación con ninguna de las religiones
conocidas; Gabinius, decían los rumores, había acudido a la caverna del acantilado
donde se reunían gentes extrañas y hacían el Signo Antiguo por las noches;
gentes extrañas a quienes los britanos no conocían — ni miraban sino
con temor—, supervivientes de un gran país de Occidente que se había hundido,
dejando sólo las islas con sus megalitos y sus círculos y santuarios, de los que el más grande era Stonehenge. No se sabía cuánto había de cierto, naturalmente, en la leyenda que atribuía a Gabinius la construcción de una fortaleza inexpugnable sobre una cueva prohibida y la fundación de una estirpe que ni pictos, ni sajones, ni daneses, ni normandos fueron capaces de exterminar; o en la tácita suposición de que de dicha estirpe nació el intrépido compañero y lugarteniente del Príncipe Negro, a quien Eduardo III dio el título de barón de Northam. No se tenía certeza sobre estas cosas; sin embargo, se hablaba de ellas a menudo; y en verdad, la torre del homenaje de Northam se parecía de manera alarmante al muro de Adriano. De pequeño, lord Northam había tenido extraños sueños, cada vez que dormía en las partes más antiguas del castillo, y había adquirido el hábito de contemplar retrospectivamente, a través de su memoria, escenarios brumosos y pautas e impresiones ajenas por completo a sus experiencias vigiles Se convirtió en un soñador a quien la vida resultaba insulsa y poco satisfactoria; en un explorador de extrañas regiones y relaciones en otro tiempo familiares, pero que no se encontraban en ninguna de las regiones visibles de la Tierra.
Dominado por la impresión de que nuestro mundo tangible es sólo un átomo de
un tejido inmenso y siniestro, y que desconocidas potencias presionan y penetran
la esfera de lo conocido en cada punto, Northam, durante su juventud y en la primera etapa de su madurez, apuré, una tras otra, las fuentes de la religión formal y el misterio de lo oculto. En ninguna parte, sin embargo, pudo encontrar satisfacción y contento; y al comenzar a envejecer, los achaques y las limitaciones de la vida se fueron volviendo cada vez más enloquecedoras para él.
Durante los años noventa se interesó por el satanismo, y siempre devoró con avidez cualquier doctrina o teoría que pareciera prometerle la huida de las cerradas perspectivas de la ciencia y de las leyes tediosamente invariables de la Naturaleza. Sorbía con entusiasmo libros como el relato quimérico de Ignatius Donnelly sobre la Atlántida, y una docena de oscuros precursores de Charles Fort le cautivaron con sus extravagancias. Recorrió leguas para seguir la pista de un relato sobre un pueblo furtivo de anormales prodigiosos, y una de las veces fue al desierto de Arabia en busca de la Ciudad Sin Nombre, de la que había oído hablar vagamente, y que ningún hombre había contemplado. Allí sintió nacer en su interior la fe tentadora de que existía un acceso fácil a dicha ciudad, y de que si uno lo encontraba, se le abrirían libremente las profundidades exteriores cuyos ecos vibraban tan oscuramente en el fondo de su memoria.
Puede que estuviera en el mundo visible; o quizá estaba sólo en su mente y en su alma. Tal vez guardaba él, dentro de su cerebro, aquel vínculo misterioso que le despertaría a las vidas anteriores y futuras de olvidadas dimensiones; que le uniría a los astros, y a las infinitudes y eternidades que se encuentran más allá de todos ellos...
FIN
Literatura Eterna 10
EL CLÉRIGO MALVADO
H. P. LOVECRAFT
Un hombre grave que parecía inteligente con ropa discreta y
barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló
en estos términos:
—Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su
curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos
aquí de noche; y silo conservamos todo tal como está, es sólo
por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable
sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde
está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa
sociedad.
»—Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le
ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una
caja de fósforos. No sabernos qué es, pero sospechamos que
tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo
demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del
ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente
amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era
el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros
clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia:
de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Ilermes
Trismegisto, Boreilus y demás, en extraños caracteres cuyos
títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy
sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un
armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo,
hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las
ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble
revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa
pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me
encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía.
Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que
se trataba de un pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabia
manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica —o algo que
parecía una linterna— del bolsillo, y comprobé nervioso sus
destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que
proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de
bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba
una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en otro
bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas,
afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las
ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de
valor, apoyé en mi hbro el pequeño objeto de la mesa y
enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz
pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de
minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz.
Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del
extraño objeto parecieron producir una crepitación, corno el
chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia
de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia
rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en
su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la
habitación.., y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante
los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima
como vista desde inmensa distancia> a través de una
neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los
que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y
próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca,
obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura
media, vestido con el traje clerical de la Iglesia anglicana.
Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea,
y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta.
Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado
y su cara afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al
pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su
figura, y las facciones de la mitad inferior de la cara, eran
como las de los clérigos que yo había visto, pero su frente era
asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e
inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa.
En ese momento - acababa de encender una débil lámpara de
aceite—-. parecía nervioso; y antes de que yo me diese
cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una
chimenea que había junto a una ventana de la habitación
(donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no
había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los
volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y
despidiendo un olor indeciblemente nauseabundo mientras
las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas
encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador.
De repente, observé que había otras personas en la estancia:
hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que
había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque
no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban
comunicando una decisión de enorme trascendencia al
primero de los llegados. Parecía que le odiaban y le temían al
mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su
rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al
tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano
derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea
(donde las flamas se habían apagado en medio de un montón
de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de
especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó
entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda
hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron
sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la
empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo
que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer.
El obispo fue el último en abandonar la habitación.
El que había llegado primero fue a un armario del fondo y
sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a
un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble
y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo.
Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con idea de
disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió los
preparativos y miró con una especie de triunfo que me
desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente
de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa
claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el
extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por
qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a
la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz
violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación
lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque
no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y
agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a
retroceder tambaleante. Vi que sc acercaba a la abertura del
suelo y grité para prevenirle; pero no me oyó. Un instante
después. trastabilló hacia atrás. cayó por la abertura y
desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera. pero al
llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el
piso de abajo. En vez de eso. me llegó el rumor de gentes que
subían con linternas; se había roto el momento de silencio
fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente
tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la
multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo
no había oído? A continuación, los dos hombres (simples
vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me
vieron de lejos, y se quedaron
paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora:
—¡Ahhh!... ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente.
Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido vi
al hombre grave de barba gris que me había traído a este
lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto,
fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la
escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:
¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha
pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asusto
y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe
qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se
asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible,
aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la
personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad
de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir
gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no
puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi
consejo es que se vaya a América.
No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede
ser como antes. El hacer —o invocar— cualquier cosa no
serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted
tan mal parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que
marcharse de aquí inmediatamente, y establecerse en otra
parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más
grave.
»—-Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha
operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que
él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede
acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la
habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte
impresión.. aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el
hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me
acompañaba hasta el espejo, con la débil lámpara (es decir, la
que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún,
que él había traído) en la mano. Y lo que ví en el espejo fue
esto:
Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con
el traje clerical de la Iglesia anglicana, de unos treinta años,
y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos
cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea,
normalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado el primero y
había quemado los libros.
¡Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese
hombre!
FIN
Literatura Eterna 9
El ceremonial
HP Lovecraft
Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda
hominibus exbibeant.
Lactancia
Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar
oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose
contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro
lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un
cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido
que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio
de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que parecía remontar,
solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa
antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que tantas veces he
soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman
ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no
existían ni Belén ni Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues,
el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había
vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas
en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían
ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una
vez cada cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo
originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas
tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y
furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua
antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida
por el mundo, y únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que
ningún otro viviente podría comprender.
Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como
ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al
coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el
frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus campanarios, sus
tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los
interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban
hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por
una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad
de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las
abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo
parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las
ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y
las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles
miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos
tiempos.
Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida
por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en donde las
negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un cadáver
gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario. Únicamente
me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca
estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.
Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por
si oía el alegre bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces
recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano
conservaría tal vez costumbres navideñas, extraigas para mí, y que entonces
estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de
oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y
seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de
campo con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras
paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de
antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas,
bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la
escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.
Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los
míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque
la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré el
paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por
Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás
del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con
dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había
tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En
cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve. Me alegré de tener que
caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy
hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la
puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano
izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.
Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de
rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos
tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido
de hierba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba
peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños
del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas
casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella
por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario
verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en
Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador
si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las
cortinillas descorridas.
Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una
alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia,
debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio
impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en
respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me
estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto
pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en
zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y
aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en
una tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me
señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas
vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado
recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea,
de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas
holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la
festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y por ello
me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto respaldo
colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció
que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada
de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento,
porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante
me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado parecido al
de la cera. Por último, llegué a la plena convicción de que aquello no era un
rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus
flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la
tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato antes de ser conducido
al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una mesa, un
montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se
trataba de volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo
tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible
Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa
Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el
incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada
traducción latina de Olacius Wormius. Era éste un libro que jamás había tenido
en mis manos, pero del cual había oído decir cosas monstruosas. Nadie me
dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en
el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar.
Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña
impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una
antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había
convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las
cosas más peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había
encontrado en el Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella
me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la
razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba
una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si
la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no
provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja
trabajaba afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a
tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la
cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez,
vestido con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de
forma que no le pude ver ya. Era enervante aquella espera, y el libro impío que
tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó,
se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con
caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar
en ese momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer
arrastraba una pierna. El viejo, después de coger el mismísimo libro que había
estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro
inmóvil ... o su máscara.
Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad
increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando
una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre
de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y
formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las
enseñas chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de
techumbre de paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de
rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas
leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó
plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron
constelaciones vertiginosas y fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos,
en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado por codos que se me
antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos
anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz.
La columnas espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y
todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos callejones
que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una
inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino, cuando
me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me
estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de
su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte
era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada
por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el
viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las
tumbas revelando un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del
cementerio, donde ya no había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de
las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de
cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas,
delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora
entraba silenciosa en el templo.
Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los
empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el
último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro.
Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio
parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y
de pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún
quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre
aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni
siquiera de los míos.
La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían
entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se
dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura que
había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido.
Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados
peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la
procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior de aquel
sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di cuenta de
que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la
multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por
una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda,
impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en
las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso
desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo
tiempo, observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que
estaban tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de
pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duró una
eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de
tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no
tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas
de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue
aumentando hasta hacerse completamente insoportable. Seguramente habíamos
bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por debajo incluso del
nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población
infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el
cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las
aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que
estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera
exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los
peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro descubrimiento:
percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió
ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa fungosa,
iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río
oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a
unirse con las simas negras del océano inmemorial.
Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de
leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada
formó un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno,
más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito
primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del
fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi
cómo ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y
arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una
fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un
bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y
mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas notas
apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me
llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor volcánico
de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y
bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella
hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la
muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta
colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales
hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial,
los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando
levantó por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicon que llevaba
consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido
convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores.
Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste
cambió su débil zumbido por un tono, más audible, provocando con ello un
horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara sobre el
limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni
de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.
En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama,
en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso,
extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda de mansos,
híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha
podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas,
ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y
no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con
sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron
hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a
ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo
de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos
manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas.
La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había
quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como
los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias
permanecían allí pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su
punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero
delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno
en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y
que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en
un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un
sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según
había dicho él.
Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos
antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi
tatarabuelo en 1698.
Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido
familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo estaba
convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera. Las
dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y
me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno
de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se
volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento,
se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza.
Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra
y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda
desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel
jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran
hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes
ocultaban.
En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport,
medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que
la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa
que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No hice
ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia
de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de
tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las
calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en que
esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de
delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio
parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham,
donde me atenderían mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de
mentalidad más abierta, y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia
pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred,
celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic.
Dijeron que sufría una especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor
sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro era provocar mi cansancio a base
de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el espantoso
capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo
que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y
era mejor olvidar el sitio donde lo había presenciado. Nadie durante el día me
lo hacía recordar pero mis sueños son aterradores a causa de ciertas frases que
no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré
lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las
cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que
ven, porque sus prodigios son extraños y terribles.
Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una
existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro.
Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha
sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y
los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha
vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino
que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota
una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra
aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para
infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar
los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo
deberían arrastrarse.
FIN
Literatura Eterna 8
H. P. Lovecraft
EL ALQUIMISTA
Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta
por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis
antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la
indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vasta y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia
en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.
Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe
me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había
sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el
que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a
modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.
Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las
confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de
búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su
padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C. «Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»
proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de
la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su
temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida
hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.
Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo
enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados.
Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad.
Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo.
Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.
El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más
largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance.
Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me
había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que
pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana.
Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión.
Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Pon fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante
la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier.
Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en
digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio
mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un
estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya
estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y,
recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la
curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el
cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar
al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le
Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada.
Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más
malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.
Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su
espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.
—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro
como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!
FIN
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